𝗘𝗟 𝗧𝗥𝗔𝗕𝗔𝗝𝗢 𝗦𝗢𝗕𝗥𝗘 𝗦𝗜́ 𝗠𝗜𝗦𝗠𝗢:
𝗔𝗨𝗧𝗢𝗢𝗕𝗦𝗘𝗥𝗩𝗔𝗖𝗜𝗢́𝗡 𝗬
𝗔𝗨𝗧𝗢𝗖𝗢𝗡𝗢𝗖𝗜𝗠𝗜𝗘𝗡𝗧𝗢
El ser humano tiene un total desconocimiento de sí mismo. Tal desconocimiento le impide saber de sus contradicciones y conflictos, de sus complejos e inhibiciones, de sus pensamientos, emociones y reacciones psicológicas. El ser humano no duda en dedicar parte de su vida al estudio de un bachillerato y de una carrera, pero sin embargo no dedica ni cinco minutos diarios al conocimiento de sí mismo. El ser humano, en suma, no sólo desconoce su verdadero Yo, sino que desconoce hasta sus más íntimas motivaciones. ¿Por qué este desconocimiento de sí mismo? Por muchas razones: pereza, indolencia, inercia, etc. El hombre se pierde en la superficie, en las apariencias. Una vez más se mostraba sabio y acertado Eckhart al escribir: «El hombre sabe muchas cosas, pero no se conoce a sí mismo». Conocerse a sí mismo exige un esfuerzo, y por ello se prefiere el desconocimiento.
GURDJIEFF Y SU SISTEMA
Además, el hombre común por lo general está ciego para todo lo trascendente y tiende a valorar materialmente todas las cosas. Se pregunta qué puede darle, materialmente hablando, el autoconocimiento, y al no ver cifras, ignorante y mezquino, prefiere emplear su tiempo en un trabajo remunerado o en la disipación y el ocio. Es en cierto modo humanamente comprensible, aunque no por ello excusable. Gurdjieff, que desde luego no había adquirido —o no había querido adquirir— la tolerancia del gurú, mostraba un amplio desprecio por aquellos que nada hacían por salir de su condición de máquinas. Y una de las cosas perjudiciales que les sucedía a muchos de sus discípulos es que también ellos, pero careciendo del sentido práctico de su maestro, terminaban por despreciar a los demás por considerarlos máquinas, y dado que entre máquinas vivimos, se conducían ellos mismos hacia una hermética soledad. Hay que considerar que en verdad el hombre maduro no es aquel que encuentra dificultades en sus relaciones con los demás, sino, muy bien al contrario, el que aun manteniéndose firme en sus convicciones (reales), mantiene unas relaciones felices con los otros y no se ve en absoluto perturbado por ello. Puede pensar que los demás son unas máquinas, personas escasamente evolucionadas, pero en lugar de despreciarlas, experimentará hacia ellas la indulgente tolerancia que se puede experimentar por un niño o un demente.
Trabajando sobre sí mismo, el hombre podrá aprender a controlar su mente, sus emociones y sus instintos. El hombre no es su mente, no es sus emociones, no es sus instintos, sino que todos éstos son parte del hombre, y éste puede conservar un plano de innegable superioridad sobre ellos.
Para conocerse hay que observarse y examinarse. Pero toda autoobservación requiere el recuerdo de sí. Recordarse es mucho más difícil de lo que en un principio cabe pensar, y el hombre tiene que mantener una constante lucha para poder ir alertando su mente, para poder mantenerse vigilante. Mediante la fiel observación de sí, el ser humano conseguirá abundantes datos sobre sí mismo que le serán de gran ayuda. Siempre que se recuerde y se observe, dejará de actuar maquinalmente y tomará buena nota de su actividad física, mental y emocional. Primero viene la observación de sí, y más adelante es posible el autoanálisis. Hay que tratar de ir prolongando esta observación de sí, hay que lograr una mayor permanencia de la conciencia. Gurdjieff insistía mucho en este sentido, y enseñaba a sus discípulos múltiples ejercicios para favorecerles esta difícil disciplina. Hay diversas clases de autoobservación. Un hombre puede observar su actividad corporal, sus emociones o sus pensamientos. Lo ideal, según la enseñanza de Gurdjieff, es llegar a una observación global y permanente de sí; observarse mental, emocional, instintiva y motrizmente; observarse en todos los aspectos y en todos los momentos. Como experiencia resulta curiosa e interesante; como práctica, llega a ser extenuante y no carente de determinados riesgos psicológicos.
𝙍𝘼𝙈𝙄𝙍𝙊 𝘾𝘼𝙇𝙇𝙀
𝘏𝘐𝘚𝘛𝘖𝘙𝘐𝘈 𝘋𝘌 𝘓𝘈𝘚 𝘚𝘖𝘊𝘐𝘌𝘋𝘈𝘋𝘌𝘚 𝘚𝘌𝘊𝘙𝘌𝘛𝘈𝘚
𝐼𝑚𝑎𝑔𝑒𝑛 𝑔𝑒𝑛𝑒𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝐼𝐴

