Himnos órficos (“Orphica”)
I
Dirigiré mi palabra solamente a los que tienen derecho a esta revelación; cerrad las puertas a todos los no iniciados, sin distinción. Pero tú, oh musa, hija de la brillante Luna, préstame toda tu atención.
Voy a decir toda la verdad, y puedan los pensamientos precedentemente admitidos en vuestro corazón no privaros de la preciosa vida.
Contempla el divino Verbo y sitúate en el lugar más preferente, aplica toda la energía inteligente de tu alma y avanza, como es preciso que hagas, por el más estrecho de los senderos, considerándote como el único rey del mundo. No hay más que un Ser que existe por sí mismo, y todas las cosas han sido hechas y nacidas de uno solo. Él se mueve a través del universo, ningún mortal lo ve, pero él nos ve a todos. Es él quien da la felicidad o la desgracia, la sangrienta guerra y los dolores aflictivos. Tras tal monarca no hay un segundo. Yo no soy capaz de verlo, porque una nube lo tapa ante mis ojos; porque los ojos de los mortales sólo son capaces de ver los frutos perecederos, impotentes para percibir a Zeus, el amo del universo, que se apoya sobre el azulado cielo, sentado en trono de oro, camina sobre la tierra y extiende su diestra en todos sentidos, hasta los límites del océano, y ante su presencia tiemblan las altas montañas, los ríos y las profundidades del mar de olas azules coronadas de blanca espuma.
II
Solamente dirigiré mis palabras a los que tienen derecho a esta revelación. Vosotros, los que no habéis recibido la iniciación, marchad, de acuerdo con las prescripciones de la ley divina, y cerrad vuestros oídos. Escucha tú, oh musa, hija de la brillante Diana. Yo voy a revelar la verdad, y puedan los pensamientos precedentemente admitidos en tu corazón no privarte de la preciosa vida. Contempla el divino Verbo y toma el primer lugar, utiliza toda la fuerza racional de tu alma y penetra, como es preciso hacer, por el estrecho sendero; contempla al único creador del mundo, aquel al que la muerte no afecta. La antigua palabra se aplica a él con toda su plenitud. Él se mueve a través de todo el universo. Ningún espíritu mortal lo contempla, ya que sólo puede ser visto con los ojos de la inteligencia. Él confiere a los hombres felicidad o desgracia, el reconocimiento y el amor lo acompañan, así como la muerte, la peste y los sufrimientos angustiosos. Por debajo o fuera de él no existe otro dios.
Si pudieras verlo, verías sin dificultad la totalidad de las cosas; aquí, sobre la tierra, te daré los signos de reconocimiento, de los que te explicaré los trazos y la mano robusta del poderoso Dios. A él no lo ves, porque una oscura y espesa niebla lo rodea aislándolo de tu vista y de la mía; éste es para nosotros el único obstáculo, mientras que para el resto de los hombres hay diez repliegues que lo interceptan. En efecto, ningún mortal puede ver al dueño de los hombres, con excepción de algunos descendientes de la raza caldea; porque ellos conocían el movimiento del sol y el del cielo alrededor de la tierra, y que el cielo cumple su revolución circular y regular alrededor de su eje.
Es él quien gobierna los vientos en las regiones del aire y las corrientes marinas y el que hace aparecer en un violento choque los rayos fulgurantes. Se apoya en el cielo inmenso, se sienta en un trono de oro, sus piernas tocan la tierra y su diestra se extiende hasta los extremos del océano; bajo el golpe de su cólera, las raíces de los montes tiemblan profundamente y no pueden aguantar su fuerza ni su violencia. Es completamente celeste y al mismo tiempo realiza cuanto se produce sobre la tierra; es el único poseedor del principio, el medio y el fin. Tal es el lenguaje de los antiguos. De esta manera el hijo de los bosques lo ha representado, tras haber asimilado en su espíritu la doble ley.
He aquí la única manera de dirigirse a él; yo tiemblo en mis miembros y en mi espíritu. Él reina en lo alto e impone su orden. ¡Oh, hijo mío, acércate a él en espíritu, calla tu lengua, y deja que penetre en tu corazón la más alta de las revelaciones!
𝑹𝒐𝒃𝒆𝒓𝒕 𝑲𝒂𝒏𝒕𝒆𝒓𝒔-𝑹𝒐𝒃𝒆𝒓𝒕 𝑨𝒎𝒂𝒅𝒐𝒖
𝐴𝑛𝑡𝑜𝑙𝑜𝑔𝑖́𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑂𝑐𝑢𝑙𝑡𝑖𝑠𝑚𝑜
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