—nos explicaban— habían leído un conjunto canónico de autoridades —Aristóteles y sus escoliastas; las autoridades legales, médicas y teológicas; la Vulgata; las Metamorfosis de Ovidio; la Consolación de la filosofía de Boecio— de manera uniforme. Pese a las numerosas diferencias de origen y de contenido, los lectores medievales consideraban estos textos como componentes de un sistema único. Los intérpretes oficiales hicieron de ellos la base del sistema de argumentación e instrucción conocido como escolasticismo. Lo lograron, sencillamente, considerando los textos no como obras de personas que habían vivido en una época y lugar determinados, sino como conjuntos impersonales de proposiciones. Tras décadas de laborioso trabajo con el martillo y el cincel, dieron forma a un complejo conjunto de muros y contrafuertes que precedieron, rodearon y sostuvieron los textos: introducciones, comentarios, tratados anejos. Este orden logró dar un enfoque medieval a los textos antiguos más dispares. Desde el punto de vista de un humanista, sin embargo, la estructura contenía y se apoyaba en un error sistemático. Lo que los comentaristas se habían propuesto no era explicar el texto en sí mismo, sino actualizar su contenido. Si el Corpus iuris mencionaba a sacerdotes y pontífices, por ejemplo, el comentarista Accursio pensaba que hacía referencia a los presbíteros y obispos de la Iglesia cristiana que él conocía, y hallaba en los textos antiguos el precedente de las costumbres modernas⁴. Los textos, en definitiva, siguieron siendo populares no porque describiesen un mundo antiguo, sino porque se adaptaban a las necesidades de uno moderno. Y el propio envoltorio que garantizaba su utilidad distorsionaba también su contenido.
𝙂𝙪𝙜𝙡𝙞𝙚𝙡𝙢𝙤 𝘾𝙖𝙫𝙖𝙡𝙡𝙤 𝙮 𝙍𝙤𝙜𝙚𝙧 𝘾𝙝𝙖𝙧𝙩𝙞𝙚𝙧
𝘏𝘐𝘚𝘛𝘖𝘙𝘐𝘈 𝘋𝘌 𝘓𝘈 𝘓𝘌𝘊𝘛𝘜𝘙𝘈
𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘰𝘤𝘤𝘪𝘥𝘦𝘯𝘵𝘢𝘭
𝐼𝑚𝑎𝑔𝑒𝑛 𝑔𝑒𝑛𝑒𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝐼𝐴

