En tiempos imperiales había tres claramente identificables: la Gran Rusia, la Pequeña Rusia (Ucrania) y la Rusia Blanca (Bielorrusia), que conservó su nombre. Hoy por hoy se utiliza el término Novorossiya, “Nueva Rusia”, para referirse al sudeste ucraniano rusoparlante. Pero ¿qué es lo ruso? ¿Dónde comienza y termina Rusia? No hay respuesta. Ni siquiera puede decirse si Crimea es “rusa” o “ucraniana” —o “tártara”, para complicarse más—.
Amén de adjetivos y términos, importa entender que lo que históricamente se ha conocido como “Rusia” es una amalgama de pueblos, etnias, creencias y costumbres muy distintos entre sí. Sus fronteras se han transformado tanto como su demografía: en algún momento Rusia colindó con Alemania y Rumanía en el oeste y con Canadá británica en el este —incluso con el naciente México independiente en el actual Fort Ross, California—. Hoy Finlandia o Alaska ya no son territorio ruso (ni desean serlo), pero el líder del Partido Liberal Democrático de Rusia, Vladímir Zhirinovski, ha reclamado la reincorporación de estos y otros territorios al país. Zhirinovski podrá ser excéntrico y parlanchín, pero la idea de esa “Gran Rusia” ampliada subyace en muchos sectores de la sociedad rusa en la actualidad. Rusia es, pues, al tiempo que una delimitación política y geográfica más o menos identificable, una idea. Al escribir una Historia mínima de Rusia, es necesario integrar en una sola narrativa elementos que poco tienen que ver con la Rusia de hoy: un puñado de griegos que tenían una colonia en el Mar Negro hace más de dos milenios, una tribu indígena de las Montañas Rocallosas cerca de la actual capital de Alaska o un grupo de vikingos que decidió emprender la marcha a través de ríos y lagos congelados en busca de mejores tierras. Estos elementos sólo cobran relevancia en conjunto para contribuir a definir qué constituye “lo ruso”, pero también qué se debe dejar fuera. La historia de lo que comúnmente se llama Rusia no es más que el conjunto de pensamientos, decisiones y acciones de personas innumerables, una polifonía que no cabe en trescientas páginas.
En la actualidad hay una diferencia importante entre dos adjetivos que se traducen como “ruso”: russkii, que implica sobre todo la etnia rusa, y rossiiskii / rossianin, para referirse a la ciudadanía rusa, lo cual no significa que uno pertenezca a lo primero. La diferencia importa para dejar claro que no puede escribirse una historia de Rusia, aunque mínima, sin que sea también la de otros pueblos y Estados, hoy conocidos con los nombres de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán, Kirguistán e incluso Mongolia y Alaska. Ésta es, por ende, una historia mínima de eslavos, tártaros, ugrofineses; de pueblos indoeuropeos, escandinavos e iranios que pasaron por Rusia y de poblaciones indígenas siberianas.
Imagen generada con IA

