Verbo Iniciático | 17 de Marzo de 2026

Una de las citas más famosas de toda la ciencia moderna es el comentario de Albert Einstein de que «Dios no juega a los dados con el universo». Se trataba de su respuesta a la discusión sobre si algunos de los sucesos del mundo material no van precedidos por causa alguna. Por ejemplo, un átomo individual de material radiactivo emite una partícula al azar. Es imposible predecir cuándo pasará esto, y además no hay un desencadenante conocido. Podemos observar montones de átomos emisores de partículas y utilizar la ley de los grandes números para averiguar el momento promedio de la emisión. Pero esto no nos dice nada sobre la causa de que eso suceda en un átomo concreto.

Vale la pena subrayar que, por lo que sabemos, esto es verdad solo a escalas muy pequeñas. Si tengo un taco de billar para golpear una bola y mandarla a un agujero y conozco todos los ángulos y fuerzas que pueden intervenir, puedo servirme de las leyes de la física desarrolladas por Isaac Newton para predecir las trayectorias tanto de la bola como del taco. No obstante, si cojo un átomo de una de esas bolas y lo lanzo a dos aberturas debidamente separadas y del tamaño adecuado —más o menos como dos agujeros de mesa de billar colocados uno junto a otro—, no hay modo de saber en cuál caerá. Estamos ante otra manifestación del experimento de la doble rendija que obsesiona a nuestra imaginación. Tras un montón de repeticiones perfectas, tengo la sensación de conocer el resultado más probable, si bien cada átomo individual parece decidir por su cuenta. El efecto no tiene causa en ningún caso.

Ocurre lo mismo si lanzo una partícula de luz —un fotón— a un espejo. Hay una pequeña probabilidad de que lo atraviese, y una probabilidad mucho mayor de que se refleje. Si lanzo al espejo un millón de fotones, quizá solo tres no se reflejen y lo atraviesen. En cualquier caso, estos tres no tienen nada de especial: el azar ha dictado simplemente que no se reflejen. Se trata de otro acontecimiento sin causa, no más significativo que un resultado de las leyes de la probabilidad. Igual que cuando te toca la lotería sin haber comprado más billetes que nadie. Resulta que Dios sí juega a los dados.

En este punto hay que abordar una cuestión obvia: ¿por qué las partículas más pequeñas —átomos y fotones, por ejemplo— son propensas a resultados y sucesos puramente aleatorios y las bolas de billar no? No se sabe. Algo hace que los acontecimientos de nuestro mundo, el mundo «macro», sean deterministas, predecibles, no fortuitos. Lo único que cabe decir es que no estamos sometidos a las mismas reglas que el mundo «micro» de las partículas atómicas y subatómicas, donde la teoría de la probabilidad, la teoría alumbrada por Gerolamo Cardano, es el único medio para pronosticar el futuro. En nuestro conocimiento hay un espacio oscuro poco satisfactorio.

𝙈𝙞𝙘𝙝𝙖𝙚𝙡 𝘽𝙧𝙤𝙤𝙠𝙨

𝘌𝘓 𝘔𝘈𝘕𝘜𝘈𝘓 𝘋𝘌𝘓 𝘈𝘚𝘛𝘙𝘖́𝘓𝘖𝘎𝘖 𝘊𝘜𝘈́𝘕𝘛𝘐𝘊𝘖

𝐼𝑚𝑎𝑔𝑒𝑛 𝑔𝑒𝑛𝑒𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝐼𝐴

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