El mal puede estar vinculado no a una voluntad maligna consciente, sino a la irreflexión.
𝘏𝘢𝘯𝘯𝘢𝘩 𝘈𝘳𝘦𝘯𝘥𝘵
1906–1975
Eichmann en Jerusalén: la banalidad del mal.
𝘌𝘪𝘤𝘩𝘮𝘢𝘯𝘯 𝘪𝘯 𝘑𝘦𝘳𝘶𝘴𝘢𝘭𝘦𝘮: 𝘢 𝘳𝘦𝘱𝘰𝘳𝘵 𝘰𝘯 𝘵𝘩𝘦 𝘣𝘢𝘯𝘢𝘭𝘪𝘵𝘺 𝘰𝘧 𝘦𝘷𝘪𝘭.
𝘕.𝘠. 𝘝𝘪𝘬𝘪𝘯𝘨 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘴, 1963
𝘊𝘢𝘱. 𝘟𝘝: “𝘌𝘱𝘪𝘭𝘰𝘨𝘶𝘦” 𝘱. 287
𝘦𝘥. 𝘦 𝘪 𝘫, 𝘱𝘦𝘯𝘨𝘶𝘪𝘯 𝘣𝘰𝘰𝘬𝘴
En nuestra máxima filosófica de hoy, tenemos a la pensadora 𝗛𝗮𝗻𝗻𝗮𝗵 𝗔𝗿𝗲𝗻𝗱𝘁, (1906–1975), ella se forma en la 𝘁𝗿𝗮𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗳𝗲𝗻𝗼𝗺𝗲𝗻𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮 𝗮𝗹𝗲𝗺𝗮𝗻𝗮, y es discípula indirecta de 𝘔. 𝘏𝘦𝘪𝘥𝘦𝘨𝘨𝘦𝘳 𝘺 𝘒. 𝘑𝘢𝘴𝘱𝘦𝘳𝘴. Su obra 𝙀𝙞𝙘𝙝𝙢𝙖𝙣𝙣 𝙞𝙣 𝙅𝙚𝙧𝙪𝙨𝙖𝙡𝙚𝙢: 𝘈 𝘙𝘦𝘱𝘰𝘳𝘵 𝘰𝘯 𝘵𝘩𝘦 𝘉𝘢𝘯𝘢𝘭𝘪𝘵𝘺 𝘰𝘧 𝘌𝘷𝘪𝘭 de 1963, surge de su cobertura del 𝗷𝘂𝗶𝗰𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗔𝗱𝗼𝗹𝗳 𝗘𝗶𝗰𝗵𝗺𝗮𝗻𝗻 𝗲𝗻 𝗝𝗲𝗿𝘂𝘀𝗮𝗹𝗲́𝗻. Recordemos que Eichmann fue un 𝗼𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗦𝗦 𝗱𝘂𝗿𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗹 𝗿𝗲́𝗴𝗶𝗺𝗲𝗻 𝗻𝗮𝘇𝗶, responsable logístico de la 𝗱𝗲𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲 𝗺𝗶𝗹𝗹𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗷𝘂𝗱𝗶́𝗼𝘀. Eichmann fue 𝗰𝗮𝗽𝘁𝘂𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗲𝗻 𝗔𝗿𝗴𝗲𝗻𝘁𝗶𝗻𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗹 𝗠𝗼𝘀𝘀𝗮𝗱 y 𝗷𝘂𝘇𝗴𝗮𝗱𝗼 𝗲𝗻 𝗝𝗲𝗿𝘂𝘀𝗮𝗹𝗲́𝗻 durante 1961 y finalmente fue ejecutado en 1962.
Luego entonces, todo lo que analiza Arendt parte de un proceso judicial real, no de una alegoría o ficción. Por ello, lo anterior es un parteaguas en la historia del pensamiento moral, ya que 𝘈𝘳𝘦𝘯𝘥𝘵 𝗻𝗼 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮 𝘂𝗻 𝗺𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗼… 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮 𝘂𝗻 𝗯𝘂𝗿𝗼́𝗰𝗿𝗮𝘁𝗮 y cito textualmente: 𝘍𝘶𝘦 𝘱𝘶𝘳𝘢 𝘪𝘳𝘳𝘦𝘧𝘭𝘦𝘹𝘪𝘰́𝘯 —𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘯 𝘮𝘰𝘥𝘰 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘪𝘥𝘦́𝘯𝘵𝘪𝘤𝘰 𝘢 𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘶𝘱𝘪𝘥𝘦𝘻— 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘰 𝘱𝘳𝘦𝘥𝘪𝘴𝘱𝘶𝘴𝘰 𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘦𝘳𝘵𝘪𝘳𝘴𝘦 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳𝘦𝘴 𝘤𝘳𝘪𝘮𝘪𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘪𝘰𝘥𝘰, y de aquí se extrae la tesis: 𝙄𝙩 𝙬𝙖𝙨 𝙨𝙝𝙚𝙚𝙧 𝙩𝙝𝙤𝙪𝙜𝙝𝙩𝙡𝙚𝙨𝙨𝙣𝙚𝙨𝙨… o 𝗙𝘂𝗲 𝗽𝘂𝗿𝗮 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗳𝗹𝗲𝘅𝗶𝗼́𝗻… Estas líneas no son solo una frase aislada, es realmente la clave hermenéutica de toda su obra.
El desmenuzar filosóficamente: 𝗧𝗵𝗼𝘂𝗴𝗵𝘁𝗹𝗲𝘀𝘀𝗻𝗲𝘀𝘀 𝗼 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗳𝗹𝗲𝘅𝗶𝗼́𝗻, nos lleva a precisar que no significa 𝘪𝘨𝘯𝘰𝘳𝘢𝘯𝘤𝘪𝘢 ni 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮, sino más bien es algo mucho más grave según la autora, ya que ella refiere a la 𝘀𝘂𝘀𝗽𝗲𝗻𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲𝗹 𝗷𝘂𝗶𝗰𝗶𝗼 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝗶𝗼𝗿. Aquí Arendt, se 𝘀𝗲𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗿𝗮𝗱𝗶𝗰𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘁𝗿𝗮𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗺𝗼𝗿𝗮𝗹 𝗰𝗹𝗮́𝘀𝗶𝗰𝗮, no perdamos de vista que se formó en la tradición fenomenológica alemana y para el Maestro 𝗜𝗺𝗺𝗮𝗻𝘂𝗲𝗹 𝗞𝗮𝗻𝘁, “el 𝘮𝘢𝘭 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘪𝘤𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘮𝘢́𝘹𝘪𝘮𝘢 𝘵𝘰𝘳𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘰𝘭𝘶𝘯𝘵𝘢𝘥”. Sin embargo para Arendt, el mal puede surgir sin máxima alguna, esto es: 𝘀𝗶𝗻 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗺𝗼𝗿𝗮𝗹 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲.
Ahora bien, tampoco perdamos de vista que Eichmann es responsable de la muerte de millones de judíos, y Arendt lo refiere como 𝘀𝘂𝗷𝗲𝘁𝗼 𝘀𝗶𝗻 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝗶𝗼𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱, es decir; Eichmann 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗿𝗶𝘁𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗽𝗲𝗿𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼, sino como: 𝗶𝗻𝗰𝗮𝗽𝗮𝘇 𝗱𝗲 𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗽𝗲𝗰𝘁𝗶𝘃𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗼𝘁𝗿𝗼, 𝗶𝗻𝗰𝗮𝗽𝗮𝘇 𝗱𝗲 𝗱𝗲𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿𝘀𝗲, 𝗶𝗻𝗰𝗮𝗽𝗮𝘇 𝗱𝗲 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝗿𝗼𝗴𝗮𝗿 𝘀𝘂𝘀 𝗮𝗰𝘁𝗼𝘀. Esto es crucial, ya que no hay un diálogo interior.
En lo anterior, entra la herencia socrática que Arendt también retoma, y es el 𝗣𝗲𝗻𝘀𝗮𝗿, el entrar en el 𝙨𝙤𝙡𝙞𝙡𝙤𝙦𝙪𝙞𝙤, en el dialogar consigo mismo. Sin lo anterior el 𝗡𝗢 𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮𝗿 es proceder sin ese diálogo, o sea 𝗦𝗜𝗡 𝗣𝗘𝗡𝗦𝗔𝗥.
Y aunque a simple vista Arendt cuando escribe 𝘣𝘢𝘯𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘥𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘭 no lo está minimizando, esta expresión no significa que el mal sea pequeño, sino que no tiene la profundidad de la misma maldad, que no es demoníaco, ni trágico, es sí que no es sublime, es solo “administrativo”, repetitivo, obediente y superficial.
En esta ruptura con el “mal radical”, Arendt jala demasiado el concepto del Maestro Immanuel Kant, de 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗹 𝘁𝗶𝗲𝗻𝗲 𝗿𝗮𝗶́𝘇 𝗼 𝗿𝗮𝗱𝗶𝗰𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝘃𝗼𝗹𝘂𝗻𝘁𝗮𝗱. Mientras Arendt dice que 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗹 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝗿𝗮𝗶́𝘇…𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘃𝗮𝗰𝗶́𝗼.
Y aquí por fin llegamos a la médula filosófica: 𝘂𝗻 𝗺𝗮𝗹 𝘀𝗶𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗶𝗱𝗮𝗱… 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝗶𝗹𝗶𝗺𝗶𝘁𝗮𝗱𝗼.
Lo que Arendt revela realmente no es una teoría del mal, es más bien sino una 𝗮𝗱𝘃𝗲𝗿𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮. El mayor peligro no es el odio, es la 𝗮𝘂𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼.
Y dado lo anterior el hombre que tratamos de expresar en la imagen, según Arendt, 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗰𝘂𝗹𝗽𝗮𝗯𝗹𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗽𝗮𝘀𝗶𝗼́𝗻 es 𝗰𝘂𝗹𝗽𝗮𝗯𝗹𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗻𝗼 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗮𝗿 𝘀𝘂 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮. Por eso, no hay fuego solo hay vacío. Así, entendemos que según ella 𝗱𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗲𝗹 𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝘀𝗲 𝘀𝘂𝘀𝗽𝗲𝗻𝗱𝗲, 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗹 𝗻𝗼 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗿𝘀𝗲, contraponiéndose con 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘁𝗿𝗶𝗯𝘂𝗻𝗮𝗹 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝗶𝗼𝗿 en el pensamiento del Maestro Kant.
𝐼𝑚𝑎𝑔𝑒𝑛 𝑔𝑒𝑛𝑒𝑟𝑎𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝐼𝐴

